Línea B: marginalidad y abandono

Así como en otras líneas, en la B conviven la permanente aglomeración de pasajeros, la falta de ventilación, la delincuencia, la marginalidad y el abandono. Las obras cosméticas y los anuncios de obras cuestionadas no parecen cambiar sustancialmente el panorama.

Tiempo atrás publicábamos una nota en que uno de nuestros periodistas daba cuenta de sus impresiones de un viaje en la línea C, entre Constitución y Diagonal Norte. La crónica no hacía más que reflejar un cúmulo de situaciones que pueden ser percibidas a diario por cualquier pasajero de la línea.

No sólo allí se refleja la desidia y se viven situaciones desagradables para el público usuario.

Sabido es que la línea B es la más utilizada del Subte. Desde su extensión a Los Incas en 2003 y más aún, a Rosas en 2013, el crecimiento de la cantidad de pasajeros transportados fue explosivo. La habilitación de la combinación con la línea H en 2010 también aportó un caudal significativo y es normal que en Pueyrredón los trenes rechacen pasajeros dado el nivel de ocupación.

El nivel de saturación se explica tanto por el volumen de pasajeros como por una frecuencia muy espaciada, que se debe en parte a un déficit en el número de formaciones operativas (cabe recordar que restan incorporar aún varios CAF 5000, adquiridos hace ya cuatro años) y en cierta medida por la poco atinada decisión de poner en circulación trenes de gálibo sustancialmente más estrecho que el admitido por la infraestructura, como bien recordó el ingeniero Nazar Anchorena en un reciente informe.

Los arrebatos, robos y hurtos son moneda corriente, tanto en las estaciones (escaleras, principalmente), como en el interior de los trenes. Ciertamente, el refuerzo de la presencia policial ayuda, pero se revela aún insuficiente e incapaz de asestar un golpe al delito.

Lo que incomoda en la línea B, más que la saturación de los trenes -que, después de todo, es habitual en todos los metros del mundo-, es la falta de ventilación y de oxígeno, el agobiante calor permanente, las filtraciones y el persistente olor a cloaca, la falta de limpieza y la desprolija presentación de sus estaciones.

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Las inconductas de sus pasajeros -que desde luego no son imputables a las autoridades- tampoco ayudan a crear un ambiente mejor. Por caso, es habitual ver personas de sexo masculino orinando tras los grandes espejos de punta de andén de las estaciones más céntricas. La falta de limpieza es otro aspecto que está al debe.

Otro elemento común con lo que se puede observar en la línea C es la proliferación de vendedores ambulantes, niños mendigos, perros y personas durmiendo en los asientos de pana, que acumulan añosa suciedad, ocupando el espacio donde caben cuatro, cinco o seis pasajeros sentados.

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Años atrás, una familia en situación de calle se había instalado en uno de los andenes de la estación Federico Lacroze. Hoy día la punta este de la estación Carlos Pellegrini está ocupada en forma semipermanente por un grupo indistinguible de individuos.

Así, entre el ajetreo diario, unas obras cuestionadas, nuevos murales y arcadas multicolores transcurre la existencia de la línea B. Una realidad que, más allá de los nuevos coches prometidos para el próximo año y de las obras cosméticas encaradas para levantarle su imagen, no va a cambiar si las autoridades no toman decisiones al respecto.

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