Se cumplió medio siglo de la inauguración de la primera línea del Metro de la Ciudad de México. La red creció a pasos agigantados y ya tiene 200 km de extensión: es la más grande y la más utilizada de América latina. Seña de identidad y orgullo para los mexicanos.

El Metro de la Ciudad de México cumplió 50 años de vida. El pasado 4 de septiembre fue el aniversario de la inauguración del primer tramo de la línea 1, entre las estaciones Zaragoza y Chapultepec. Se trató de la segunda red de metro inaugurada en América latina después del Subte de Buenos Aires.

Desde aquella primitiva línea de apenas 12 km de extensión, el Metro de la capital mexicana ha crecido en el último medio siglo hasta convertirse en una densa red de 12 líneas y 200 kilómetros de extensión, la más extensa y utilizada de América latina.

La línea 1 había sido construida para hacer frente a las necesidades de una metrópoli en crecimiento, donde ya se comenzaban a notar los efectos de la congestión vehicular y donde el transporte público dependía de buses y algunas líneas de tranvías de superficie.

La obra, a pesar de haber sido ejecutada en tiempo récord (aproximadamente dos años) representó no pocos desafíos debido a las complicadas condiciones del suelo en el Distrito Federal, al tratarse del antiguo lecho de un lago desecado, para peor emplazado en una zona altamente sísmica.

Plaza de los Insurgentes, en el primer día de operación.

Pese a esto y contra todo pronóstico, la red creció a pasos agigantados: las líneas 2 y 3 se abrieron en 1970, las líneas 4 y 5 en 1981, la línea 6 en 1983, la línea 7 entre 1984 y 1988, la línea 9 en 1987, la línea A en 1991, la línea 8 en 1994, la línea B en 1999 y la línea 12 en 2012. En el medio, claro está, se hicieron ampliaciones de los tramos originales.

Técnicamente, la línea 1 del metro obedecía a la concepción francesa de la época: trenes neumáticos y alimentación por tercer riel a 750 V, solución copiada de algunas líneas del Metro de París, pionero en esta tecnología, que en América latina sería luego imitada por el Metro de Santiago de Chile, inaugurado en 1975.

De hecho, los primeros trenes del Metro de la Ciudad de México fueron fabricados en Francia por Alsthom (modelo MP-68, basados en los MP-59 del metro parisino) y estaban decorados con una llamativa librea que les granjearía el apodo de «gusano naranja».

El presidente Gustavo Díaz Ordaz descubre la placa que conmemora la inauguración de la línea 1.

La formación inaugural, profusamente decorada con banderas y escudos mexicanos, fue de hecho conducida entre las estaciones Candelaria y Moctezuma por el presidente mexicano de la época, Gustavo Díaz Ordaz, quien consideraba al Metro un motivo de orgullo y un «símbolo de nuestra superación nacional». Las placas con su nombre que recordaban la inauguración (ver foto) estuvieron envueltas en una polémica el año pasado, al ser retiradas por orden del Gobierno de la Ciudad de México debido al rol de Díaz Ordaz en la Masacre de Tlatelolco de 1968.

El Metro, desde el primer momento, se transformó, a la par que en un motivo de orgullo, en una cuestión de identidad para los defeños: un camino que va desde las estampillas conmemorativas con la silueta del gusano naranja hasta el doodle que Google lanzó esta semana para conmemorar el aniversario, pasando por la tipografía original de la  red, que sigue siendo utilizada hasta hoy.

Doodle conmemorativo de Google, con la tipografía diseñada por Wyman.

La identidad visual de la red fue diseñada por el norteamericano Lance Wyman, quien también había estado a cargo también de la gráfica de los Juegos Olímpicos de México ’68. Junto a su equipo, Wyman diseñó un sistema integral de logotipo, tipografía, cartelería y pictogramas que se mantiene vigente hasta el día de hoy y que se ha transformado en un ícono de la ciudad.

El Metro es ya un elemento ineludible de la vida del Distrito Federal: desde aquellos primeros curiosos que se acercaron a las monumentales estaciones (como la ubicada en la Plaza de los Insurgentes) e hicieron fila para comprar su boleto, pasando por los que, habituados a los largos tiempos de viaje en superficie, llegaban hasta 40 minutos antes a sus lugares de trabajo, hasta aquellos que cada día viajan en una red que parece no tener descanso ni horas valle, pero que indudablemente goza de buena salud.

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