En agosto de 1962 un incendio consumió la usina de Dock Sud, dejando sin electricidad a toda la zona sur de capital y Gran Buenos Aires. El apagón afectó duramente al transporte porteño: tranvías, trolebuses, la línea A del Subte y hasta el Sarmiento dejaron de funcionar o lo hicieron con soluciones provisorias.

En la noche del sábado 11 de agosto de 1962, mientras la Argentina vivía las aciagas horas del enfrentamiento entre azules y colorados, un incendio de proporciones consumió buena parte de la usina de Dock Sud.

La tapa de Clarín del lunes siguiente al incendio da cuenta de la magnitud del siniestro.

El conflicto militar imprimió su cuota trágica a la jornada. El puente Avellaneda estaba bloqueado por tropas del ejército, con orden de no permitir el paso de ningún vehículo. Cuando los Bomberos intentaron cruzar hacia Dock Sud para colaborar en el control del incendio, los soldados abrieron fuego matando al bombero Pereyra, conductor de la autobomba.

Nada pudo evitar que la usina quedara severamente dañada y toda la zona sur del Gran Buenos Aires y la capital, sin energía ni agua. La población afectada se estimaba en dos millones de personas y en los días siguientes se adoptaron medidas tendientes al racionamiento eléctrico.

La falta de energía afectó gravemente al transporte porteño, en particular al que dependía de la tracción eléctrica.

Entre los servicios más comprometidos se encontraban los trolebuses, cuyas líneas 311, 312 (actuales 61 y 62), 316 (Puente Alsina – Olivos, suprimido) y 319 (Parque Patricios – Retiro, también suprimido) dejaron de circular o bien funcionaron de manera “muy limitada” según consigna la prensa de la época.

Los tranvías también se vieron afectados. Si bien el sistema ya estaba en vías de desaparición –varias líneas habían sido suprimidas y reemplazadas por colectivos, y faltaban pocos meses para el cese de todos los servicios– las tres líneas locales de Lanús (3, 51 y 52, a la sazón las más longevas, que dejaron de funcionar el último día de 1964), quedaron fuera de servicio.

El tranvía 52 de Lanús, una de las líneas afectadas por el apagón.

La falta de energía también afectó al Subte, en especial a la línea A, que vio muy comprometidos sus servicios. Testimonios de la época revelan que las anomalías se mantuvieron durante semanas, llevando al colapso del transporte de superficie, que no daba abasto para atender la demanda del subterráneo. “Su normalidad no podrá conseguirse hasta dentro de varios días”, advertían los matutinos casi una semana después del terrible incendio.

El ferrocarril también sufrió afectaciones. La línea Roca, que caía entera en la jurisdicción del apagón, se salvó al no estar electrificada. Pero la línea Sarmiento se quedó sin energía. La emergencia llevó a que se adoptaran soluciones provisorias hasta la normalización del servicio eléctrico. Así, durante semanas, corrieron trenes remolcados con lo que había a mano: locomotoras diésel G-12 y GR-12 y hasta algunas vaporeras arrastraron viejos coches eléctricos BTH de madera del Sarmiento y hasta algunos prestados del Roca y el San Martín.

Los problemas en el servicio eléctrico se prolongaron por semanas, aunque la normalización fue alcanzada antes del mes de plazo previsto por las autoridades inicialmente. La capacidad de generar energía de la usina de Dock Sud, empero, se vio fuertemente restringida y sólo pudo recuperarse a partir de la década del 70.

La tradición oral ha exagerado el impacto del siniestro de Dock Sud en la eliminación del transporte urbano eléctrico. La supresión de los tranvías había sido decidida mucho antes del incendio y obedecía a una multiplicidad de causas, entre las que se cuenta un clima de época anti tranviario, que llevó al levantamiento del sistema en varias ciudades alrededor del mundo.

En cambio, el incendio sí puede haber contribuido a la imagen de baja fiabilidad y vulnerabilidad del transporte eléctrico, factor que junto a otros elementos llevó a la desaparición de los trolebuses en 1966.

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