Renumerar el material rodante de acuerdo a la evolución de la flota no es algo extraño en los ferrocarriles. Sin embargo, sí debe ser muy extraño que en una misma flota convivan dos unidades disímiles con el mismo número. Pues ese caso ocurrió en la línea A del subte porteño hace ya varias décadas, pero no deja de ser una curiosidad interesante de reseñar.

El 1 de diciembre de 1913 se inauguró el servicio de la línea A entre Plaza de Mayo y Plaza Once. El material rodante empleado consistía de 46 coches La Brugeoise (numerados del 5 al 50) y cuatro coches United Electric (1 al 4). Ese coche 1, fabricado en 1913 en la ciudad británica de Preston, era idéntico a los coches 2 y 3 hoy preservados por la Asociación Amigos del Tranvia salvo que, en aquel entonces y hasta 1927, todas las unidades de la línea A poseían plataformas tranviarias en los extremos.

Sin embargo el coche 1 duró poco en servicio, al menos tal como vino de Inglaterra. En 1917, un incendio destruyó por completo su carrocería de madera de roble, decorada interiormente con finas molduras y asientos de ratán de Indonesia. La Compañía de Tranvías Anglo-Argentina decidió reconstruirlo, mas no siguiendo el diseño original que ostentaban sus hermanos 2, 3 y 4 sino uno diferente. Sobre el chasis, cuyas puntas fueron modificadas en curva, se levantó una carrocería metálica con interiores decorados en madera e iluminados con tulipas de cristal: el coche 1 se convirtió asi en un vehículo para uso exclusivamente subterráneo y en prototipo para la reforma que sufriría toda la flota belga entre 1927 y 1931 luego de que se suprimiera el servicio premetro por la avenida Rivadavia.

Nueva carrocería del coche 1, hecha en metal, que serviría de modelo para la reforma de la flota La Brugeoise (colección Marcelo Cáceres Miranda)
Nuevo interior del coche 1 (colección Marcelo Cáceres Miranda)

A partir de la reforma, por cuestiones de altura de los sistemas de acople, el coche 1 fue siempre acoplado a formaciones de coches La Brugeoise. Sus hermanos quedaron acoplados entre si en una formación especial. En 1977 el 1 y los restantes coches ingleses, junto con algunas otras unidades de diseño especial que circulaban en la línea A, fueron retirados de servicio. Sólo se conservan restaurados y en estado operativo el 2 y el 3, mientras que el 4 espera ser restaurado. El 1 corrió la peor suerte: tras permanecer algunos años abandonado en los fondos del taller Polvorín, fue vendido como chatarra y desguazado a principios de los años 80.

El coche 1 (izquierda) aguarda su desguace en el fondo del taller Polvorín a principios de la década de 1980. Lo acompaña, a la derecha, otra pieza perdida de la historia de la línea A: el coche 123, construido en Polvorín en 1928 con carrocería curva en la parte inferior. Esto le valió el apodo, junto a su hermano el 122, de “palangana”

El coche 1 “falso”

A lo largo de sus 99 años, un mes y diez días de servicio, los coches La Brugeoise fueron objeto de sucesivos intentos de modernización. Uno de ellos ocurrió a mediados de los 60, cuando la entonces operadora Subterráneos de Buenos Aires ordenó el diseño y la construcción de un prototipo de carrocería metálica para gradualmente reemplazar a las originales de madera que subsisten hasta nuestros dias. Para ello, se comisionó a la empresa Igarreta y se le entregó el coche 55 para que pudiera realizar su trabajo.

El coche fue devuelto con una nueva carrocería, aunque inspirada en las formas de la original, y un interior con revestimientos de melamina y pisos de goma similares a los de los coches Siemens que circularon en las líneas C, D, E y, en sus últimos días, en la H. También se le aplicó un nuevo esquema -en color naranja y plateado, con una banda roja central- que no fue adoptado para el resto de la flota y se le asignó un nuevo número: el 1.

El flamante coche La Brugeoise 1 (ex 55) circula por la calle Emilio Mitre en el circuito tranviario del taller Polvorín (colección Juan Carlos González)

La unidad fue exhibida en la estación Plaza de Mayo durante varias semanas, en las que fue visitado por gran cantidad de público. Al ser puesto en servicio, recibió nuevamente su número “55” original pero los problemas no tardaron aparecer. Gracias a las reformas de Igarreta, el coche tenía un sistema de apertura y cierre automático de puertas que difería del que empleaban los demás coches belgas (apertura manual, cierre automático), por lo que debía llevar un guarda exclusivamente para él.

El segundo inconveniente fue mucho más serio. Algunas fuentes señalan que era demasiado pesado; otras, que la nueva carrocería metálica era muy rígida y distribuía mal las tensiones experimentadas durante el servicio, por lo que terminó fracturando la vieja estructura de madera sobre la que había sido montada.  Las fuentes coinciden en señalar, no obstante, que a mediados de los 70 el bastidor del coche 55 se quebró y fue dado de baja inmediatamente, por lo que permaneció años tirado en Polvorín hasta que fue vendido y chatarreado.

Afortunadamente, esta versión no es del todo exacta pues el coche 55 no fue desguazado sino que se encuentra en la Fundación del Padre Mario Pantaleo en González Catán sirviendo como aula desde que fuera desafectado del servicio. Exceptuando las reformas hechas para servir a su nueva función, tanto los exteriores como los interiores, así como las cabinas de conducción, se encuentran en muy buen estado de conservación.

El coche 55 convertido en aula en la fundación del padre Mario Pantaleo (foto: Juan Carlos González)

 

 

 

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