Hace 66 años, un comando antiperonista hizo explotar una bomba en la estación Plaza de Mayo del Subte, dejando un saldo de seis muertos. Se trata del más grave atentado de que se tenga registro en la red. Roque Carranza, que años luego llegaría a ministro, confesó la autoría del hecho, pero luego dijo que fue torturado y la "Libertadora" lo indultó. Desde 1987, una estación de la línea D lleva su nombre.

Hace 66 años atrás, en la tarde del 15 de abril de 1953, tuvo lugar en la estación Plaza de Mayo de la línea A el más grave atentado del que se tenga memoria en el Subte.

Mientras se desarrollaba un acto en la Plaza de Mayo un comando terrorista antiperonista hizo estallar dos bombas, que dejaron un trágico saldo de entre cinco y siete muertos, según la fuente que se consulte.

El contexto

En 1953 la Argentina atravesaba momentos difíciles. Una crisis económica y el aumento de la inflación, sumado a las crecientes tensiones con las Fuerzas Armadas y la Iglesia y el autoritarismo del gobierno que iba en aumento, se combinaban para crear una situación de volatilidad e inestabilidad.

Perón, decidido a consolidar el apoyo de sus bases, convocó con el apoyo de la CGT a un acto en la Plaza de Mayo para la tarde del miércoles 15 de abril. La jornada, recuerda Antonio Cafiero, entonces ministro de Comercio Exterior, “era de fiesta”.

Los hechos

Un comando terrorista antiperonista vio allí la oportunidad de asestar un gran golpe al peronismo, en el ámbito que siempre había sido su fuerte: la movilización popular.

Con antelación al acto, miembros del grupo colocaron bombas en tres sitios: la confitería del Hotel Mayo, que estaba cerrada por refacciones; en el octavo piso del edificio del Nuevo Banco Italiano (ubicado en la esquina de Rivadavia y Reconquista, actual Banco Francés), con el objetivo de que el desprendimiento de mampostería causado por la explosión causara daños entre la multitud; y en el interior de la estación Plaza de Mayo del Subte, que estaría cerrada mientras la concentración de apoyo al presidente tuviera lugar.

A los 14 minutos de que Perón iniciara su discurso desde el balcón de la Casa Rosada un estruendo lo interrumpió: se trataba de la explosión de la primera bomba, la del Hotel Mayo. Apenas minutos después, una segunda explosión, más fuerte y más cercana: la de la estación del Subte. La tercera bomba, ubicada en el Banco, no llegó a detonar debido a una falla en el mecanismo de relojería.

Daños materiales en la estación Plaza de Mayo

El atentado

“La gente no se movió de su sitio. Un griterío ensordecedor inundó la plaza: ‘¡La vida por Perón, la vida por Perón!’ […] El aire se cargó con la densidad de la tragedia“, recuerda Cafiero. El acto prosiguió en un clima tenso, mientras los servicios de emergencia y ambulancias socorrían a los heridos, que se contaban por centenares, y rescataban los cadáveres. 

Las primeras socorristas en llegar a la estación fueron tres enfermeras que se encontraban en la plaza: Mónica von Wagner, Angelina Angeleri y Olinda González, según consignó el diario El Litoral.

Daños en Plaza de Mayo

Por efecto del estallido fallecieron en el acto cinco personas, identificadas como Santa Festigiata D’Amico (italiana de 84 años), Mario Pérez (empleado de Transportes de Buenos Aires), León David Roumeaux (dirigente del gremio de los madereros), Osvaldo Mouché y Salvador Manes. Días después del atentado fallecería, a consecuencia de las graves heridas, un sexto, José Ignacio Couta.

El número de víctimas fatales, relativamente bajo, se debió a que la estación Plaza de Mayo estaba cerrada por causa del acto. Entre los heridos hubo casos particularmente graves, como el del oficial de Bomberos Pedro Domingo Calcagno, quien sufrió la amputación “del muslo y la mano derecha”.

El artefacto explosivo colocado en el Subte fue el que causó el mayor daño. La bomba estaba instalada en el andén, en una casilla bajo un tablero eléctrico. Su detonación provocó importantes destrozos materiales en las instalaciones fijas y en una formación de coches La Brugeoise allí estacionados. Este medio no ha podido precisar cuáles fueron las unidades afectadas, pero se estima que todas ellas fueron reconstruidas en el Taller Polvorín y devueltas a servicio.

Sobre el final de la tarde, Perón visitó a los heridos en el Hospital Argerich, donde estaban siendo atendidos. El propio presidente dispuso que la Fundación Eva Perón se hiciera cargo de los gastos de sepelio de los fallecidos, quienes fueron inhumados en los cementerios de Chacarita, Flores y Avellaneda, y envió personalmente flores a sus respectivos velorios. A su vez, “dispuso que visitadoras sociales se interiorizaran sobre las necesidades familiares de los deudos y parientes de las víctimas”.

Uno de los coches La Brugeoise estacionados, visiblemente dañado.

Las represalias

La Casa del Pueblo, incendiada. Debajo, el acceso a Pasco sur.

La respuesta de la militancia peronista no se hizo esperar. Identificando a los autores del atentado con la oposición política, en la misma noche del 15 de abril, y ante la pasividad de las autoridades, grupos vandálicos atacaron e incendiaron la Casa del Pueblo, sede del Partido Socialista, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata (conservador) y del Jockey Club, institución emblemática de la burguesía porteña.

Paradójicamente, uno de esos actos vandálicos tiene estrecha relación con el Subte y con la línea A en particular. En efecto, el incendio de la Casa del Pueblo es una de las posibles explicaciones que se mencionan para la clausura del andén sur de la estación Pasco, efectivizada el 6 de agosto de 1953, menos de cuatro meses después del ataque.

Los responsables

La investigación de los hechos condujo a la detención de una importante cantidad de personas entre el 11 y el 13 de mayo de ese mismo año. Según el historiador Ricardo Barreiro, no todos ellos tenían vinculación con los hechos, sino que también “se aprovechó la ocasión para encerrar a varios líderes opositores”.

Según consigna el libro “Bombardeo del 16 de junio de 1955”, editado por el Ministerio de Justicia de la Nación, la investigación estuvo a cargo de la comisaría 17° de la Policía Federal, bajo la órbita del jefe de esa fuerza, inspector general Miguel Gamboa. En la causa intervino el juez penal Miguel Rivas Argüello.

Las pesquisas identificaron a los militantes radicales Roque Carranza y Arturo Mathov como los principales autores del hecho, quienes habrían estado secundados por Carlos Alberto González Dogliotti, militante del Partido Demócrata Progresista, entre otros personajes de filiación antiperonista como Miguel Ángel de la Serna y Rafael Douek. Todos ellos “jóvenes profesionales y universitarios pertenecientes a familias de clase media alta”, apunta Cafiero.

Roque Carranza, como ministro (circa 1985)

De acuerdo con las crónicas de la época, Carranza confesó haber fabricado las bombas detonadas en el atentado del 15 de abril, a la vez que también admitió ser autor de otras dos bombas que estallaron a fines de abril en el Círculo Militar, que causaron únicamente daños materiales. Carranza quedó alojado en la Penitenciaría Nacional, actual Parque Las Heras.

A pesar de que Cafiero asegura que los detenidos fueron “procesados por la Justicia con todas las garantías de la Constitución y de la ley” y que “nadie sufrió agravio o condena otra que la dispuesta por la Justicia”, Carranza alega que no fue así.  El militante radical aseguró luego haber confesado su participación en el crimen bajo tortura de la policía -un alegato verosímil, ya que se trataba de una práctica habitual hacia los opositores de la época- y admitió únicamente conocer los laboratorios donde las bombas se habían fabricado.

Tras la caída de Perón, la “Revolución Libertadora” indultó a todos los implicados, que pudieron rehacer sus vidas. Mathov llegó a ser diputado nacional y vicepresidente del bloque de la Unión Cívica Radical del Pueblo. Carranza, por su parte, tuvo un protagonismo político mayor. Fue secretario técnico de la Comisión Nacional de Desarrollo (CONADE) bajo el gobierno de Arturo Illia y, más tarde, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, ocupó las carteras de Obras Públicas y Defensa, falleciendo en ejercicio de esta última, en 1986.

Un homenaje cuestionado

En 1987, al inaugurarse la extensión de la línea D hasta las vías del Ferrocarril Mitre, el gobierno radical decidió nombrar al conjunto de viaducto, estación ferroviaria y estación de Subte como “Ministro Carranza”, en homenaje al fallecido funcionario.

Todo esto a pesar de que el complejo había sido proyectado con el nombre de “General Manuel Savio”, en homenaje al militar impulsor de la industrialización y dada su cercanía a la sede de la Dirección General de Fabricaciones Militares. Los coches Materfer con los que circulaba la lanzadera Palermo-Carranza, de hecho, llevaban en su indicador frontal el nombre “General Savio”.

Mural en la estación Ministro Carranza: un homenaje polémico.

No son pocas las voces que se han alzado en contra del homenaje a un personaje por lo menos sospechado de participar en el único atentado terrorista de que se tenga registro en el Subte. El autor Rubén Mario De Luca, por ejemplo, considera que el hecho “representa una insólita y macabra paradoja”. En el artículo “Paradoja Subterránea” publicado en el sitio de historia del transporte BusArg, se cuestiona que “al autor del más trágico atentado en la historia de los subterráneos porteños se lo homenajeó con una estación en ese mismo medio de transporte contra el que atentó”.

El argumento fue reflotado en 2013 cuando la Asociación Gremial de Trabajadores de Subte y Premetro (AGTSyP) solicitó que se cambiara el nombre de la estación por “Miguel Abuelo”, lo que incluyó una intervención sobre la cartelería de la estación en ocasión del 60° aniversario del atentado.

El año pasado, finalmente, el cambio de nombre obtuvo dictamen favorable de una audiencia pública y deberá volver a ser tratado por el recinto. Sin embargo, el nombre de Carranza no desaparecerá, sino que se optará por la doble denominación.

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