¿Vale la pena soterrar el Sarmiento?

¿Es el soterramiento la mejor solución para la traza de casi 37 km del Sarmiento? ¿Por qué, pese a los anuncios, el consenso de especialistas ferroviarios se manifiesta drásticamente en contra y hasta el Ministerio de Transporte admite por lo bajo que lo mejor sería que no se haga? Hoy es difícil encontrar juicios favorables al proyecto, al menos tal como está planteado.
Verónica Ocvirk es periodista especializada en transporte y energía, colabora con Página/12, Le Monde Diplomatique y revistas del sector. Realiza además investigaciones sobre logística y temas de movilidad para universidades, organismos públicos y consultorías.

La puesta en marcha del nuevo material rodante chino para la línea Sarmiento durante el transcurso de 2014 aumentó drásticamente la oferta de servicios para los usuarios. Más allá de esta buena noticia, el coletazo para el tránsito terrestre salta inmediatamente a la vista: si con las frecuencias previas muchas de las barreras a lo largo del recorrido enfrentaban altos niveles de congestión, la situación no hará sino empeorar.

Si bien en otras trazas la dificultad está sorteándose mediante la construcción de pasos a desnivel, en el caso del Sarmiento ese tipo de soluciones se encuentran retrasadas por una causa: el proyecto de soterramiento. Hasta tanto no se tome al respecto una decisión definitiva, el mismo funciona como un tapón para otras soluciones. Pese a que la construcción del túnel se encuentra licitada y adjudicada desde 2008, la situación parece estar cambiando: el año pasado ADIF anunció obras en diez cruces a distinto nivel para el tramo Once – Liniers, a los que se suman otros similares en Morón, Moreno y Merlo. También se han renovado vías y a la par modernizado estaciones. Es bastante obvio que ambos proyectos se superponen y juntos no tienen demasiado sentido.

Las interferencias ferroviales a nivel son conflictivas, eso está fuera de discusión. Generan embotellamientos y accidentes, problema que aumenta con la densidad del tejido urbano y el mal funcionamiento de las barreras. Además, los pasos a nivel impiden que puedan programarse más de diez o doce trenes por hora por sentido, lo que implica un tope significativo para la mejora de los servicios.

¿Es de verdad el soterramiento del Ferrocarril Sarmiento entre Once y Moreno la mejor medida que se puede tomar hoy para resolver las interferencias de esta traza? Los expertos consultados se manifestaron en todos los casos en contra del soterramiento tal como está planteado.

Las principales críticas

Las dos vías. Es, por lejos, el principal cuestionamiento al proyecto. La traza de casi 37 kilómetros del Sarmiento tiene actualmente en varios tramos cuatro vías: dos de ellas directamente se anularían. Las vías cuádruples permiten volver flexible un medio guiado: en ese caso es posible contar con servicios rápidos que paren sólo en algunas estaciones y otro común que se detenga en todas. Para esto se necesita, al menos, una tercera vía para sobrepasos. La tuneladora Argentina está diseñada para cavar un túnel de dos vías y 10,40 metros de diámetro. “Yo me pregunto –advierte Juan Pablo Martínez- ¿saben los intendentes de Morón, Ituzaingó, Merlo y Moreno que sus vecinos nunca más van a contar con el rápido a Once que existió durante un siglo?”.

“Un corredor de dos vías restringiría el sobrepaso y la posibilidad de contar con trenes interurbanos. Y eso es una pena desde el punto de vista de la planificación, de la mirada a futuro en el corredor que últimamente más se ha desarrollado y uno de los que más potencial tiene. A esa situación el soterramiento no la soluciona. Al contrario: la encorseta” explica el arq. Martín Orduna, Director del Centro de Estudios del Transporte de la FADU.

La desproporción del proyecto, ¿túnel hasta Moreno? El soterramiento apunta principalmente a liberar los cruces vehiculares, pero no todos los cruces son críticos, y la mayoría de ellos se encuentran en la capital. ¿Vale la pena entonces encarar semejante obra, a un precio tan oneroso, teniendo en cuenta que existen hoy otros proyectos de transporte que resultan también necesarios? Aquí entra a jugar otro factor, que es el costo de oportunidad.

Los expertos cuestionan que el túnel llegue hasta Moreno. “A mí me parece que Buenos Aires no puede darse el lujo de enterrar todos sus trenes. En Capital habría que pensarlo. Ramos Mejía es densa. Pero en el medio hay un agujero grande, Ciudadela. Entonces no se puede directamente decir: ‘hundo todo’, porque existen tramos valle. Me resulta totalmente antieconómico e inaceptable que se esté planteando un proyecto de tal magnitud con una mira tan corta”, refiere un funcionario nacional.

“Tengo la impresión de que se ha optado por una solución muy radical”, marca José Barbero, del Instituto Tecnológico Ferroviario de la UNSAM. “Porque la idea original era hacerlo hasta Liniers y después, por una cuestión política y de equidad, se lo quiso llevar hasta Moreno, lo cual lo vuelve tremendamente caro. Creo que esa obra sola requiere probablemente tantos o más recursos como todo lo demás que se está gastando en el ferrocarril. La Argentina no está para eso. Habría que estudiar opciones más sencillas”.

Los trenes diésel. El Sarmiento urbano está electrificado pero los servicios interurbanos que brinda ese ferrocarril hacia las provincias de Buenos Aires y La Pampa no, y no lo estarán por muchísimos años. Se verían imposibilitados de llegar a Once. Lo mismo vale para los trenes de carga.

Los costos. Rodolfo Huici, especialista de transporte y ex funcionario del área de transporte del BID refiere que existen dos problemas graves: “Uno es que se va a dejar una deuda generada por la inversión, que va a tener que ser pagada por generaciones futuras y mucho mayor que si se utilizaran otras opciones. Y la segunda deuda es que se está proyectando un sistema cuyos gastos de operación son cualitativamente superiores a los de un tren en superficie o incluso en trinchera”.

“Los costos de construcción son muy altos. Esas son hipotecas para generaciones futuras, hipotecas para el repago de la inversión, hipotecas por las costas de operación y baja funcionalidad. Porque aún funcionando bien, el tren soterrado va a ser muy caro. Y si funciona mal, mucha gente se va a ir del ferrocarril por los problemas de acceso”.

Las estaciones. La construcción de las estaciones con el servicio operando en superficie traería problemas. Se estudiaron diversas metodologías, siendo la modalidad en caverna la seleccionada. Pero estas tienen costos enormes, dado el tamaño que deberán tener para alojar formaciones de 9 coches.

“Los pasajeros van a tener que bajar siete pisos para abordar el tren. Y cuando llegue a destino, subir siete pisos para salir a la superficie. No es posible que ni siquiera la gente más atlética baje y suba siete pisos cotidianamente por escaleras fijas, por lo cual se tienen que ofrecer ascensores y escaleras mecánicas, lo que significa costos de equipamiento, operación y mantenimiento. Si las escaleras mecánicas no funcionan, será una pesadilla”, señala Huici.

¿Por qué insistir entonces en una obra tan cara y con tantas deficiencias?

Para Barbero, “el diseño [de la obra] no fue hecho pensando en el servicio, sino en la obra en sí”. “O se hace la obra más factible a costa de que después el servicio que se preste sea peor; o con la idea de tener un mejor servicio se admiten complejidades mayores en la construcción”.

Martínez concuerda: “Ha sido y es una constante en las obras ferroviarias y del subte, privilegiar la facilidad de la obra frente a la conveniencia del pasajero. Se ve, por ejemplo, en los accesos de las estaciones”.

“A mi juicio, aunque esto es más un tema de ingenieros, un túnel se hace cuando no se es el dueño del derecho de vías. Si no, ¿para qué construir un túnel? Yo proyecto un subte cuando arriba hay calles y edificios y no tengo espacio para un ferrocarril. Pero si existe espacio, todos los metros del mundo hacen lo contrario: suben”, expone por su parte Huici. “Justificación técnica el soterramiento no tiene. Por lo menos yo no he escuchado una sola explicación coherente de por qué irse al túnel en vez de mantenerse sobre el derecho de vía en superficie o en todo caso hundirlo 4 ó 5 metros en trinchera”.

“Son temas que se vendieron a la opinión pública como ‘la’ solución”, señala Orduna. “Y pasa un poco como con la autopista ribereña: son pocos los que decimos: ‘qué suerte que no se hizo’”.

Balance

Son muchos los que consideran que los viaductos bien construidos y bien pensados también pueden ser integradores y no siempre pasajes impenetrables.

Según Barbero, “habría que dar una vuelta de tuerca y pensar si el proyecto es realmente necesario”. “Cuando esto se pensó y se lanzó, el país tenía todavía un panorama fiscal generoso. Hoy la cosa no es fácil, porque para los próximos años hay mucho requerimiento de infraestructura, hay mucha obra contratada y apenas iniciada, muchas necesidades y no tantas fuentes de financiamiento. Me parece que hay que ser un poquito más selectivos y fijar prioridades. Esta obra con un costo tan alto, con tantos reparos técnicos, a mí me genera muchas dudas. Si vos hacés esto, vas a dejar de hacer otras cosas. El costo de oportunidad es muy alto”.

“La solución pasaría por pasos bajo nivel, pero con un estudio muy riguroso de cómo actuar en cada intersección. Y por supuesto: explicar a la comunidad que lo que se ‘vendió’ hoy no se puede hacer”, reflexiona Martín Orduna.

También Juan Pablo Martínez se inclina por la opción de los PBN. Y recuerda que “Nazca es el punto más difícil, porque es parte de la red de tránsito pesado, por la cercanía de Rivadavia y por la presencia del subte. Porque cuando se hizo el subte no se pensó en el paso bajo nivel de Nazca. Si al subte se lo hubiera bajado un poco, tal vez se podría haber construido un túnel de 800 metros empezando en Avellaneda y terminando en Alberdi. Es un problema típico de falta de planificación”, se lamenta.

“Mi preferencia, no debidamente fundamentada, es avanzar en túnel de cuatro vías hasta Flores, y de allí seguir a nivel, en cuádruple, construyendo cruces en desnivel allí donde no los haya y hagan falta”, indica Alberto Müller, profesor de FCE – UBA. “Esto debería priorizar el tramo hasta Castelar o Ituzaingó, porque después la demanda cae bastante, y el tráfico de trenes debería ser menor. Por otro lado, se han llevado a cabo obras integrales de renovación de vías en la traza actual, que quedarían inutilizadas si se construyera el túnel”, remata.

En junio de 2014 el subsecretario de Transporte Ferroviario, Raúl Baridó, expuso en una conferencia que el tren soterrado conviviría, en caso de construirse, con el de superficie. Lo que no explicó Baridó es qué sentido tiene encarar una obra de millones de dólares para terminar manteniendo aquél que se busca reemplazar.

Algunas voces sostienen que el Ministerio de Planificación se ha obstinado con el soterramiento mientras que Interior y Transporte intenta “cajonearlo” y preferiría que jamás se hiciera. Pero esta opción implica no sólo indemnizar a las compañías involucradas, sino además pagar el costo político de asumir que se trata de un proyecto demasiado caro y con demasiadas falencias técnicas como para hacerlo realidad.

¿Soterrar o no soterrar? Probablemente se trate de una las discusiones más urgentes que en materia de obra pública sea necesario darnos. No sea que por no hacerlo terminemos confinando a una tumba de cemento al ferrocarril más antiguo de la Argentina.

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