Los murales repartidos a lo largo de los andenes de la estación Loria de la línea A de subterráneos realizados por la artista plástica Yanina Fernández ilustran a un conjunto de trenes multicolores moviéndose por lúgubres túneles y estaciones inhóspitas provocando una curiosa atracción en los usuarios del Subte.

El ferrocarril inspiró desde siempre a grandes artistas que conjugaron arte y tecnología dejando testimonio de la época de esplendor del transporte terrestre que aún se mantiene. Basta decir la importancia del tren (si es a vapor mejor) en el cine de cualquier tiempo o en la literatura de Julio Cortázar. Ningún otro medio lo ha superado.

La obsesión de la artista por los subterráneos surgió en la infancia, como casi todas las obsesiones, cuando su madre la llevó de paseo y bajó a las estaciones porteñas. Una década atrás, otro artista, Carlos Nine, bocetó los murales que visten la estación Venezuela de la línea H. El atelier de Nine era un viejo vagón de ferrocarril, tal su amor por lo ferroviario, de lo cual hablaba de igual a igual con los técnicos. Combinaba su arte con el conocimiento de la tecnología pues no se puede amar lo que no se conoce.

Existen motivos para la fascinación que provoca el transporte por riel. Fue y sigue siendo en el mundo símbolo de progreso y modernización. La aparición del subte, por ejemplo, nació para mitigar la congestión en superficie cuando las ciudades crecían demasiado y su construcción implicó profundas modificaciones en el tejido urbano y beneficios en la movilidad transformando la manera de percibir la ciudad, acortando tiempos, activando la puntualidad y modificando la disciplina y atención de sus habitantes.

La artista sugiere un mundo de tres niveles -túneles, andenes y superficie- que adolece de cierta artificialidad: estaciones vacías y trenes que se mueven solos, lo contrario a la realidad, donde multitudes en un espacio de extraños, sin diálogos ni relaciones, se hallan en el no lugar de Marc Augé. Así, creemos que la obra sería una especie de repudio a la alienación urbana, al esfuerzo del hombre por superar la velocidad y el tiempo, al sin sentido existencial.

La pintura digital muestra lo que no podemos ver: espacios abiertos, túneles que se cruzan y trenes deslizándose sobre rieles de acero, todo al mismo tiempo. Se crea un mundo dinámico, barroco, donde los colores vivos de las formas móviles iluminan el espacio oscuro de los túneles pero con una falta de equilibrio, siempre más cargada la parte izquierda del cuadro respecto a la parte derecha, más confusa y ambigua.

La ambigüedad se transmite a todo el cuadro porque a la bondad de la máquina móvil como instrumento útil para la mejora de movilidad aparece además como una amenaza latente al prescindir del hombre para manejarla. La ausencia de seres humanos evoca un mundo deshumanizado en el que reina la máquina: cables, semáforos y rieles, son los elementos que permiten mover los vehículos y también representan la presencia de la cultura tecnificada, las piezas claves del engranaje del sistema de producción capitalista.

Los trenes, verdaderos protagonistas mitológicos de la obra, impresionan al espectador y no se conforman con circular por túneles sombríos sino que pretenden salir a la superficie, traspasar el mundo virtual hacia el real. La artista es un testigo sensible y nos expresa, además, su búsqueda por romper el estancamiento, dejar de padecer el síndrome Peter Pan, la necesidad de crecer, desarrollarse, extenderse más allá de la periferia, cruzar la frontera artificial del área central.

El sueño de una red de subtes ampliada se expresa a través de los túneles superpuestos en distintos niveles que se entrecruzan y se ubican uno arriba del otro, recordemos por ejemplo, que el Metro de Tokio siendo Japón derrotado en la Segunda Guerra Mundial, tenía ya en la década del 70 ocho pisos subterráneos. Ese sueño aún continúa para alcanzar el desarrollo, el motor económico de impulso al progreso social, el acceso universal a la movilidad y la preservación del medio ambiente.

Las perspectivas engañosas, las distintas escalas, provocan la atención de las miradas. Los cortes visuales permiten mostrar túneles rectos y curvados que emergen de la nada junto a los amenazantes convoyes coordinados por luces semafóricas.

La competencia tecnológica es desigual y feroz. No hay lugar para dos modelos rivales donde el vencedor queda y el que pierde es chatarra, lo manual enfrentado a lo automático, lo mecánico a lo electrónico, lo natural a lo artificial, la madera al material plástico. Los queridos coches La Brugeoise –las “brujas”- son la reliquia histórica de un pasado cercano, representan lo antiguo destinado al olvido, pero ellos todavía dan batalla, no quieren terminar en la hoguera. Los centenarios coches de madera compiten por un lugar en el túnel. En un mural se ve al original y al modificado, estacionados sobre una cama de vías. En otro, aventajan a los modernos trenes chinos y, ante un público ausente, un retazo de bandera Argentina parece señalar la largada de la carrera contra el tiempo al que las “brujas” han vencido junto a la inseguridad, a la cultura del descarte, a la obsolescencia programada; ya tienen un lugar en la historia pero también en el presente. No se trata de una reivindicación del pasado de una tecnología obsoleta sino de la defensa de nuestro patrimonio cultural, de nuestra historia. Algunas “brujas” fueron rescatadas del olvido y restauradas para volver otra vez a funcionar, eventualmente, para deleite de los viajeros nostálgicos.

Una paradoja del destino o del azar: los coches Fiat de fabricación local construidos en talleres ferroviarios de la ciudad de Córdoba aparecen ocultos bajo el cartel metálico de la estación. ¿Es una alusión al olvido o a un pasado incómodo? Quizás una alusión al freno del desarrollo nacional o la resignación al subdesarrollo.

Los artistas plásticos están para sugerirnos otras realidades, reflexionar y despertar emociones dormidas y a menudo interpelarnos con mensajes ocultos que debemos descifrar, eso es lo que hace Yanina Fernández. Agradezcámosle, su legado artístico está a nuestro alcance.

por Raúl Ávila para enelSubte

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