El reciente plebiscito para crear un nuevo sindicato no es sino la consecuencia de enfrentamientos que vienen de lejos. ¿Cómo seguirán?

Pocas veces los trabajadores del subterráneos estuvieron tan divididos como los últimos días. Y no es para menos: tras años de sindicato unitario, que un sector quiera escindirse en una representación propia afecta viejos intereses y crea otros nuevos. Si se le suma un encono ideológico de larga data, la combinación es explosiva. Como lo fue durante las jornadas pasadas, con ocasionales paralizaciones o demoras en el servicio de que los usuarios son a menudo rehén sin estar siquiera al tanto de lo que ocurre. Metrovías S.A., fiel a su costumbre, no será quien informe.

En cuanto a los dos sectores en pugna, ambos tienen sus versiones y su argumento. No podría entenderse la situación sin plantear primero que los trabajadores del Subte pertenecen a un sindicato, la Unión Tranviarios Automotor (UTA), heredado de la época del tranvía y compartido con los colectivos. La conducción de la UTA, tradicionalmente peronista y alineada con la CGT, ha tenido no pocas desaveniencias con representantes de los trabajadores de Metrovías –que son numéricamente minoría y difícilmente pudieran disputarle espacios–.

A partir del año 2000, las elecciones de delegados de base del subterráneo fueron ganadas mayoritariamente por un grupo de trabajadores combativos, algunos con militancia en partidos de izquierda. Elecciones de delegados de base de la UTA, cabe aclarar, por lo cual siempre fueron parte del sindicato a pesar de marcar un fuerte enfrentamiento con la conducción nacional a cargo de Gerardo Fernández. En cuanto a esta enemistad manifiesta, se plasmó en sucesivos convenios colectivos de trabajo acordados entre la UTA y Metrovías que los delegados se negaron a avalar, así como demandas de estos últimos –como la oposición al despido del delegado Segovia, acusado por Metrovías de sabotear el servicio– que fueron ninguneadas por la conducción nacional.

El pasajero pudo enterarse a lo largo de estos años por los afiches pegados por el cuerpo de delegados en los trenes de las líneas –la B siempre fue uno de sus bastiones, así como la C–. También organizaron un sitio web, Metrodelegados, desde donde dan a conocer sus posiciones. Sin embargo, no fueron pocas las veces en que medidas adoptadas sobre la marcha, consistentes a menudo en interrupciones totales del servicio, les granjearon la antipatía de los pasajeros. La concesionaria montó de tanto en tanto campañas de desprestigio mostrando destrozos y otros actos vandálicos presuntamente cometidos por los delegados durante sus medidas de fuerza, a su vez negados por ellos y por lo demás nunca enteramente aclarados.

Esta situación de por sí difícil se tornó insostenible cuando, en las elecciones para renovar el cuerpo de delegados realizadas en diciembre de 2008, los representantes de izquierda quedaron en minoría en medio de denuncias de fraude y aprietes a ambos lados. Es decir, del mismo modo que fueron electos en 2000 y reelectos en 2002, 2004 y 2006 ahora se convirtieron en ex delegados. Claro que los Metrodelegados insistieron en el bajo caudal de participación –oficialmente 45% sin más precisiones, aunque denuncian que en la práctica osciló entre el 5 y el 10%– como prueba de su posición.

Situación insostenible, entonces, que derivó en lo que más de uno avizoraba: los ex delegados, tachando a las elecciones de ilegítimas y a la UTA de no representar los intereses de los trabajadores del subte, anunciaron la realización de un plebiscito para la conformación de un nuevo sindicato. Los túneles entraron en erupción. La Unión Tranviarios Automotor emitió un comunicado acusando a los Metrodelegados de querer dividir al movimiento obrero. Para la secretaría de Transporte, en palabras de Ricardo Jaime, se trató de una disputa sindical que debía ser resuelta por las partes en Trabajo. Pero el ministro de Trabajo salió a aclarar que el plebiscito no tenía “chances de prosperar”, por empezar porque no es un procedimiento contemplado legalmente para crear sindicatos.

Los delegados acusaron a la UTA de patotear y sabotear el plebiscito, que comenzó a realizarse el 5 de febrero pasado y finalizó el miércoles 11. En palabras de un importante representante suyo: “El dia en que se realizo la primer jornada del plebiscito en la línea D irrumpieron dirigentes de la UTA, delegados truchos y colectiveros (dos de ellos, choferes de Flechabús quedaron detenidos en la comisaría 35 por lesiones) golpeando y amenazando a los presentes (entre ellos Basteiro de CTA y Nora Cortiñas de Madres de Plaza de Mayo) con palos y armas de fuego”. A raíz de esto, el servicio quedó paralizado durante algunas horas. Como de costumbre, Metrovías no informó nada y los usuarios reaccionaron contra quien tuvieran enfrente.

Finalizado el escrutinio, ha votado un alto porcentaje del padrón (88%) con abrumadora mayoría a favor de la propuesta de formar un sindicato de los trabajadores del subterráneo: 98,8% dijeron que sí, según dieron a conocer los organizadores. Qué pasará ahora es mayormente un misterio, pero la situación no parece calmarse. El nuevo sindicato, cuya existencia los Metrodelegados amparan en el reciente fallo de la Corte Suprema sobre libertad sindical, deberá pasar todas las instancias legales y burocráticas para ser reconocido como tal. Cosa a la que la UTA no parece estar dispuesta, porque nadie quiere perder afiliados, menos si –en la visión de la conducción– es a manos de un grupo reducido con ambiciones extralaborales.

La CTA también se entusiasmó, en su puja con la CGT. En ese sentido, los críticos de los Metrodelegados señalan algo que ellos nunca ocultaron pero no consideran tenga que ver con su representatividad: el entusiasta apoyo de pequeños partidos de izquierda a la conformación del nuevo sindicato, que distribuyen gacetillas y se hacen oír por sus limitados medios. El Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) hasta anunciaba la transmisión en vivo del evento bajo el título de “Los trabajadores del Subte votan por su propio sindicato”.

¿Y si, como cabe suponer, muchos trabajadores permanecen en la UTA y otros tantos se afilian al gremio de los Metrodelegados? Aunque la legislación beneficie al de mayor número de afiliados, ¿quién gana con los trabajadores divididos? Ambos bandos se consideran legítimos: los nuevos delegados elegidos igual que en su momento lo fueron los Metrodelegados, en nombre de la UTA, y los representantes del gremio en gestación. ¿Qué pasará, por otro lado, mientras el nuevo sindicato (“Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y el Premetro”, nombre preliminar según puede leerse en afiches) todavía no tenga entidad legal?

En el medio hay otros tantos que, haciendo equilibrio entre unos y otros, serán a la larga quienes inclinen la balanza. Quienes definan, con su apoyo, si los de la UTA eran burócratas anquilosados en conivencia con la concesionaria, como esgrimen unos con datos de participación en mano, o si los Metrodelegados son políticos infiltrados para promocionar sus partidos y “dividir al movimiento obrero”, como dicen otros presentando otros números. O si ambas cosas tienen su costado cierto. Si la UTA representa a los trabajadores “verdaderos” o si por el contrario estos se ven representados en el espíritu combativo de los organizadores de la nueva entidad.

Por cierto, estos últimos no parecen amedrentarse: ni bien finalizado el plebiscito aparecieron afiches advirtiendo que “Los trabajadores ya tenemos la decisión[,] Tomada”, en una poca disimulada alusión al ministro de Trabajo.

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