Filtraciones, basura, calor, olores nauseabundos, suciedad añosa en estaciones y trenes, destrato patrimonial, graffitis, coches con la carrocería oxidada. La línea B es otro de los tantos puntos negros con los que cuenta el Subte.

El viejo Ferrocarril Terminal Central de Buenos Aires, construído por la compañía Lacroze, posee características que lo hacen diferente al resto de la red. La alimentación eléctrica por tercer riel, el gálibo ferroviario con el que fue construida y el hecho de ser la única línea del subte vinculada físicamente a una línea de ferrocarril metropolitano le aportan distinción. Hoy, lejos de presentar un aspecto acorde a tal infraestructura, sufre un importante deterioro.

La línea B es, según cifras de la concesionaria Metrovías, el ramal subterráneo que más pasajeros transporta. Tras su extensión a Tronador y Los Incas, en 2003, se sumó una enorme cantidad de nuevos pasajeros. En 2011, último año antes del aumento del pasaje a $2,50, movilizó a más de 88 millones de pasajeros anuales. A efectos comparativos, puede decirse que esa cantidad duplica la cantidad transportada en 1993, antes del inicio de la concesión.

Sin embargo, la línea presenta un deterioro general alarmante. Podría decirse que este estado que se manifestó primero en la “B” constituiría un preanuncio de lo que luego se vería en las demás líneas. Cabe señalar que fue en la línea roja donde comenzó a verificarse por primera vez el deterioro del revestimiento símil granítico colocado por la concesionaria en la década del 90 como parte de las obras de “modernización” emprendidas.

Revestimiento dañado en Pasteur deja al descubierto porciones del alicatado original.

También fue en esta línea donde comenzaron a aparecer, primero tímidamente, los graffitis que hoy día cubren la totalidad la flota de las líneas B, C, D y E. Por caso, sobre el corte rojo y blanco de los coches Mitsubishi hay pintadas que permanecen inamovibles desde el año 2007, sin que puedan advertirse intentos de borrarlas.

Graffiti sobre coches Mitsubishi. La totalidad de estos trenes han sido atacados por los vándalos. Ni las formaciones recientemente ploteadas, que parecían serles esquivas, se han salvado. Las pintadas cubren no sólo la carrocería sino también los vidrios de puertas y ventanas.

Las recientes obras de pintura ejecutadas por contratistas de SBASE, promocionadas con afiches del GCBA que pueden verse por estos días en las estaciones intervenidas, distan mucho de ser las reparaciones profundas que las instalaciones necesitan. Por citar un ejemplo, las filtraciones de la estación Callao no fueron reparadas: sobre la nueva pintura ya es posible observar las marcas de la caída de fluídos de orígenes desconocidos. Y no es el único caso: Pueyrredón, Carlos Gardel y Florida, entre otras, se encuentran también afectadas.

“Arreglamos y pintamos esta estación” rezan los afiches del GCBA. No obstante, importantes filtraciones continúan afectando la estación.

Severas filtraciones en los túneles, requerirán de urgente reparación.

La incorporación de los coches CAF 5000 y el anuncio de la apertura de las demoradas Echeverría y Juan Manuel de Rosas, con su respectiva cochera -a diez años de la apertura de Tronador y Los Incas-, constituye una oportunidad para que las autoridades se decidan a la recuperación de tan vital recorrido. De la voluntad que la estatal aplique dependerá que ocurran verdaderas transformaciones o si todo quedará en el terreno de lo cosmético, como hasta ahora.

Acumulación de basura al costado de la vía en Carlos Pellegrini, una de las estaciones más sucias de la red.

Zonas de acceso vedado al público con cerraduras rotas. La seguridad, deficiente.

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