Alejandra Olivieri, de 53 años, es maestra. Hace 14 años que trabaja en el Subte y ocho que es motorwoman en la línea B. Una mujer apasionada del ferrocarril, renunció a ser supervisora para seguir conduciendo y afirma: "El tren es mi vida".

Alejandra camina con soltura por los pasillos de la nueva estación Echeverría, de la línea B. Saluda y se queda hablando con todos. Pasa por la ventanilla de boletería y sonríe a los usuarios. Lleva en la cintura una linterna que se bambolea. “Son muchos años de servicio”, cuenta. Muchos años son exactamente 14 trabajando en el subterráneo; ocho de ellos conduciendo formaciones. La rareza, en realidad, no es que se trate de una mujer al mando de una cabina. Hay otras como ella. Pero la historia de Alejandra Olivieri, de 53 años, sorprende por su “vocación ferroviaria”, una vocación que puede comenzar a calificarse como “extraña” recién cuando se aclara que no viene de una familia con tradición en los rieles. Y más extraña aún, cuando se agrega que es docente: “Soy maestra de primaria. Ejercí unos años en un colegio de adultos, pero mi vida es esto, el subte. Mi objetivo siempre fue llegar a conducir una formación y lo conseguí bastante rápido. Empecé en la boletería, después fui guarda y luego concursé para la conducción. Esto me gusta mucho más que dar clases”. ¿Cómo se explica semejante pasión? “Ya de chiquita, cuando vivía cerca de la estación de San Martín, me llevaban a ver los trenes y a mí me encantaban”.

Y ahora la que se fascina es su nieta, de cuatro años. “Tiene una súper abuela que maneja un tren. En el jardín les cuenta a todos. Varias veces me la trajeron al primer coche de la formación, desde donde puede mirar para adelante. Entonces después me pregunta por las palancas y otras cosas. Yo trato de explicarle cómo funcionan”, relata con orgullo y se toca los dijes que lleva en su cuello: sus tres hijas y su nieta.

Mientras posa para la producción de fotos, se engancha y enseña las mañas de las formaciones. Habla de los vagones Mitsubishi que circulan por la línea que une Alem con Juan Manuel de Rosas y de los CAF que fueron comprados al Metro de Madrid: “Yo me pongo a estudiar sobre los trenes con los manuales que nos dan y sobre los que van a llegar. Es una instrucción constante”. Un motorman que pasa justo al momento de los “flashes” chicanea por altoparlantes. “Qué boniiita”, retumba en la estación. 

“Sé que es un laburo desgastante, con mucha responsabilidad porque llevás a unas 1.600 personas, pero a esta altura creo que me voy a jubilar acá. Me voy a ir manejando. Es más, una vez me anoté para ascender a supervisora, pero después me arrepentí porque me iban a sacar de la cabina. Y el tren es mi vida”. 

Por Cristian Defeo para La Razón

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