Pedro trabaja en la línea B hace 14 años; los pasajeros lo conocen por sus curiosos comentarios por el altoparlante.

Ruido, calor, empujones, conflictos gremiales, aumentos, traspaso, monotonía. Es probable que el subte de Buenos Aires tenga más connotaciones negativas que estaciones. Sin embargo, en medio de este panorama un hombre decidió burlar la oscuridad de los túneles y dedicarse a sembrar sonrisas entre los pasajeros que día a día miran la pared del otro lado del vidrio.

“Señores pasajeros, estamos próximos a arribar a la estación Los Incas, final del recorrido. Recuerde tomar siempre de la mano a sus pequeños hijos y ojalá tengan un maravilloso retorno a sus hogares”, se escucha todos los días en la línea B.

Pedro Kalaydjian tiene 60 años y hace 14 trabaja como guarda. Seis veces por semana recorre más de 100 kilómetros entre Leandro N. Alem y Los Incas en una cabina de dos metros por 60 centímetros. Desde allí, además de anunciar cabeceras y combinaciones, brinda consejos, recomendaciones de seguridad y hasta alguna broma.

Se acomoda los anteojos, asoma la cabeza, mueve su tupido bigote, sonríe y arranca: “Estimado pasajero: cuide sus pertenencias y no se las olvide al bajar. Que tenga una excelente jornada”. Los viajantes escuchan atentos a este fundamentalista del buen humor. Muchos no lo entienden. Otros se acercan a felicitarlo.

“Seguro gana una fortuna y trabaja seis horas… ¿Cómo no va a estar contento?”, podrá pensar alguno. Haga un ejercicio. Tome la cifra que aparece en su recibo de sueldo y divídala por la cantidad de sonrisas que genera en su ámbito de trabajo. ¿Cuánto le dio? Listo, siga con lo suyo.

“Ojo, que poner buena onda todo el tiempo cansa. A mí me agota, pero la verdad que vale la pena. Son los pasajeros los que nos dan de comer y disfruto hacer lo posible para tratarlos bien”, cuenta Pedro, cuya vocación por el altoparlante lo llevó a conducir en una pequeña radio de Barracas. Está más feliz que nunca. Su hija, que sí estudió en el Iser, debutará en su programa como columnista.

No es fácil predicar la buena onda en un ambiente como el subte. Discusiones con jefes que no entendían su humor, conflictos gremiales, amigos de lo ajeno y hasta algún pasajero que decidió terminar sus días forman parte de sus 14 años bajo tierra. 

“No me gustan los paros. Me parece mal molestar a los pasajeros, pero también es cierto que la polución en los túneles hace que el nuestro sea un trabajo realmente insalubre. Y necesitamos un gremio fuerte. Somos los últimos en cerrar una paritaria”, cuenta Pedro.

Con respecto a la inseguridad en la línea prefiere dar consejos, pero no confrontar. Para eso está Víctor, otro de los guardas, que trabaja atento a los que viajan únicamente para robar con mensajes como “Manténgase atento y cuide sus pertenencias” o también otros menos sutiles: “Ojo con el punga de campera azul que se subió en el cuarto vagón”.

“Con Víctor hacemos algo parecido, pero desde lugares diferentes. Los dos tratamos de hacerle bien a los pasajeros”, señala Pedro, que no quiere quedarse él solo con el premio al trabajador con más onda del subte.

Kalaydjian está por cumplir 15 años arriba del tren. Desocupado como tantos otros, un domingo de enero de 1998 vio un aviso en el diario y al otro día hizo cuatro cuadras de cola para conseguir su empleo. Ese día empezó a sonreírle al aburrimiento. Y no frenó.

por La Nación

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