Falta de mantenimiento, suciedad y filtraciones atentan contra el patrimonio de la red. "La situación es decadente, no hay idea de cómo restaurarlos" señalaron desde la Unidad de Patrimonio Urbano de la Defensoría General de la Ciudad.

Todos los días, miles de personas realizan el tra­yecto Constitución-Reti­ro de la Línea C. El rit­mo alocado, el apretujamiento y la incomodad cotidiana no permi­ten apreciar el patrimonio histórico que se luce en los túneles y ande­nes de la línea. Quizá, en un viaje con más tiempo, el usuario podría detenerse a disfrutar de una serie de doce murales titulada “Paisa­jes de España” de Martín S. Noel y Manuel Escasany, una obra de 1934. O de los tres murales gau­chescos de Florencio Molina Cam­pos en la estación Constitución y de la obra Introducción histórica, del pintor Luis Felipe Noé, ubicada en la estación Gral. San Martín. O, simplemente, apreciar las mayóli­cas de estilo morisco que decoran varias de sus antiguas estaciones.

En toda la red de subtes convi­ve una vasta obra de artistas muy diversos, una galería ecléctica con trabajos de Carlos Páez Vilaró, Qui­no, Rogelio Polesello, Carlos Nine, Horacio Altuna, Raúl Soldi, Roberto Fontanarrosa, Alberto Breccia, Be­nito Quinquela Martín, Hermene­gildo Sábat y Molina Campos, entre muchos otros. También hay escul­turas, mayólicas de principios del si­glo XX y azulejos antiguos. Son pie­zas únicas que hacen a la memoria colectiva de la Ciudad; un museo abierto visitado cotidianamente por casi un millón y medio de personas y que ha ido aumentando su núme­ro de obras. Son patrimonio históri­co nacional, pero –según un infor­me de la Defensoría General de la Ciudad al que pudo acceder Dia­rio Z– el 65 por ciento de los usua­rios desconoce este dato y un 62,6 por ciento cree que el estado de los murales, mayólicas y azulejos es en­tre malo y muy malo.

Paisaje en decadencia

La Unidad Especial Temática de Patrimonio Urbano de la Defensoría General de la Ciudad hizo un infor­me sobre la actual situación patri­monial de las estaciones de subte. Se trata de un relevamiento de las 74 estaciones que conforman la red y con el foco puesto en las 30 de­claradas Monumento Histórico Na­cional. “La situación es decadente, se vienen abajo, no tienen protec­ción. Tampoco hay un plan de res­tauración y no hay idea de cómo restaurarlos, cómo protegerlos”, señaló Daniela Proietti, responsable de esa Unidad. Falta mantenimien­to, hay filtraciones y poca informa­ción disponible. Como resultado, “Mal estado de la mayoría de las piezas de valor artístico e histórico. Falta de interés en promover la in­vestigación, conservación y educa­ción sobre patrimonio cultural de la Ciudad. Nos encontramos frente a un problema que necesita de me­didas que contrarresten el abando­no ya verificado en el relevamiento realizado”, según las conclusiones del informe.

Desde hace algunos años, el subte se encuentra en medio de un conflicto casi constante. La calidad del servicio se deteriora, la empre­sa que lo gestiona no invierte en mantenimiento y el abandono es generalizado. En medio de esta ba­tahola, y en silencio, una parte del patrimonio histórico ubicado en el subsuelo porteño cayó en el olvido, sobre todo las obras más antiguas.

En su página web, la empresa Metrovías anuncia un Plan de Res­tauración de Murales Históricos. Dice que “abarca la recuperación de los murales y mayólicas de toda la Red, una iniciativa destinada a je­rarquizar el invalorable patrimonio que la empresa tiene bajo su cus­todia en las estaciones. Mediante un plan sistemático se rescata este legado artístico de incalculable va­lor”. Pero la información es tan vie­ja que la empresa asegura que dicho plan está consensuado con la Secretaría de Cultura de la Ciudad, un área de gobierno que se convir­tió en ministerio en 2007. Desde entonces, se recuperaron algunos murales y se sumaron nuevos a las estaciones inauguradas, pero otros se siguen deteriorando por las fre­cuentes filtraciones.

Jorge Méndez trabaja en el sub­te desde hace 20 años y actualmen­te es delegado de la sección Instala­ciones Fijas, el área que se encarga del mantenimiento de la estacio­nes. “Si bien al principio de la con­cesión Metrovías se preocupaba por el patrimonio, últimamente no se ven trabajos de restauración”, explica. “No hay ninguna cuadrilla especializada, con conocimientos técnicos, que se dedique al man­tenimiento de los murales y mayó­licas, que en muchos casos están siendo víctimas de las filtraciones”, agrega. Méndez apunta también a Sbase por la tercerización de la lla­mada “puesta en valor” de las esta­ciones: “Las empresas fueron con­tratadas para hacer el trabajo en el menor tiempo posible, con lo cual no tienen ningún cuidado y pintan sobre mayólicas y murales. El des­cuido es absoluto”.

La Defensoría elevó pedidos de informes a distintas dependencias de la administración porteña para conocer cuál es la política adop­tada en este campo. Como res­puesta, recibieron sólo un informe efectuado por la Dirección de Pa­trimonio e Instituto Histórico en el que se recomienda “la intervención para el mejoramiento” de la esta­ción Diagonal Norte de la Línea C y el “aporte de equipos técnicos para determinar los criterios de restaura­ción cuando le sean solicitados for­malmente”. Diario Z se comunicó con Metrovías y con Sbase, pero no obtuvo respuesta.

Patrimonio y rediseño

El subte comenzó a convertirse en una especie de galería de arte subterránea a partir de 1934, cuan­do la Compañía Hispano Argenti­na de Obras Públicas Finanzas inau­guró el primer tramo de la Línea C, entre Constitución y Diagonal Nor­te. La Compañía puso especial in­terés en la decoración, que inclu­yó guardas en relieve pintadas con polvo de oro, azulejos importados de España, varios murales con pai­sajes españoles y mayólicas de es­tilo morisco. Por eso, a la Línea C se la identificó desde sus comienzos como el “subte de los españoles”.

Desde entonces, cada tramo que se proyectaba incluía la incor­poración de murales. En las líneas D y E, por ejemplo, se pueden ver paisajes, leyendas, tradiciones y es­cenas de la historia argentina. En la estación Plaza Italia, por ejem­plo, hay dos obras realizadas en ce­mento policromado sobre bocetos de Benito Quinquela Martín, que, como es característico del artista, reproducen escenas portuarias.

Esta costumbre se detuvo du­rante décadas, pero volvió con fuerza a partir de los 90. Desde esa fecha se sumaron trabajos de dibu­jantes, historietistas y artistas con­temporáneos, que están expuestos a los mismos riesgos que las obras que tienen cincuenta años más.

Según el informe de la Defen­soría, “las estaciones son un mu­seo abierto y cotidiano para todos aquellos que utilizan este medio de transporte. Exponen valiosas obras de numerosos y reconocidos artistas. Este patrimonio permite cono­cer e interpretar la diversidad cultu­ral y aprehender nuestra identidad colectiva”.

Para preservar este capital artís­tico, las estaciones construidas en­tre 1911 y 1966 fueron declaradas Monumento Histórico Nacional en 1997, un rango de protección alto. “Esto implica un grado de interven­ción mayor para su cuidado”, indi­có Proietti. En aquel entonces, 30 estaciones de las líneas A, B, D y E fueron catalogadas como históricas porque, según el texto del decre­to 437/97, “constituyen verdaderos testimonios del espíritu cosmopo­lita y abierto de nuestra nacionali­dad, homenaje artístico a las distin­tas regiones del país y de nuestra madre patria, a través de sus mura­les y mayólicas”.

Según el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos), una ONG que agrupa a expertos que trabajan por la conservación, protección y valoración del patri­monio, las guerras son las que ha­bitualmente arrasan en forma bru­tal con bienes únicos, originales e irremplazables, que conforman el acervo cultural de la humanidad. Descartada la hipótesis bélica en la Ciudad, quedan dos acciones co­munes que suelen poner en jaque al patrimonio: la intervención (casi siempre en favor de la modernidad) o el olvido. Al subte le pasaron am­bas cosas.

Que las estaciones pasaran a ser patrimonio histórico no logró pre­servarlas. Con la llegada de Metro­vías en 1994, se rediseñó la imagen del subte, y la fisonomía visual de la red cambió. La empresa conce­sionaria quería mostrar rápidamen­te los efectos positivos de la priva­tización y contrató al estudio de diseño de Ronald Shakespear, que intentó una “lavada de cara”. Jun­to con la “marca Subte” y adelan­tos como los pisos adaptados para ciegos, llegaron carteles nuevos de menor calidad que reemplazaron a los tradicionales, se quitaron azule­jos que se remplazaron por pintura y se incorporaron materiales como chapas, paneles de durlock y re­vestimientos de falso granito plás­tico que alteraron drásticamente el paisaje preservado. Además, resul­taron poco durables y pronto su­cumbieron frente a las frecuentes filtraciones.

Con la crisis económica, los pla­nes de reconversión fueron suspen­didos. La Ley de Emergencia Fe­rroviaria sancionada en 2002, que alcanzó a la gestión de subtes, fue el comienzo de una nueva etapa, y la puesta en valor quedó en el pa­sado. La mentada modernización  quedó sepultada detrás de una ca­rrera por el sostenimiento de la ta­rifa y la contención de miles de usuarios y trabajadores que habían quedado en el limbo. Desde enton­ces, el empeoramiento del servicio, la disminución de las frecuencias, la suciedad y el olor nauseabundo fueron moneda corriente, en para­lelo con la inauguración de nuevas estaciones y de la Línea H. En la Lí­nea A, desde que se reinauguró en febrero de este año, se pueden ver murales nuevos. Las estaciones están lim­pias y fueron restau­radas. Sin embargo, en las demás líneas el paso del tiempo, las filtraciones y las ro­turas siguen deteriorando el acervo patrimonial. Que está allí, sin que lo veamos.

Murales en peligro

El principal enemigo de las obras que adornan los andenes es el agua. En la estación Mariano Moreno, de la Línea C, las filtracio­nes erosionaron los azulejos dejan­do grandes estelas grisáceas que tapan los dibujos de arabescos. Y la situación de los murales no escapa a las generales de la dejadez. Sobre el andén a Constitución está el mu­ral “Paisajes de España”, diseñado por Martín S. Noel y Manuel Esca­sany en 1934, en el que deberían apreciarse paisajes de Bilbao, San­tander, San Sebastián y Navarra. Pero una enorme mancha de sarro cubre la mitad izquierda.

Situaciones como estas se re­piten en la estación Avenida de Mayo, y debajo de la 9 de Julio, donde confluyen las líneas C, D y B. Además de las filtraciones, que son muy difíciles de quitar porque depositan salitre y sarro, azulejos y mayólicas se ven invadidos por pu­blicidades, grafitis, carteles infor­mativos y pegatinas que indican la presencia de Wi-Fi.

En la estación Scalabrini Or­tiz de la D hay un mural de 1938 realizado por Rodolfo Franco, Evo­caciones de Salta, al que le faltan varias cerámicas que se desprendie­ron por acción del agua. En Agüe­ro, a otro mural de Franco (Camino a Córdoba del Tucumán) le faltan azulejos y se encuentra manchado con sarro. Y en la estación Palermo (única que no posee murales nacio­nalistas en esta línea), la obra de Ra­fael Cuenca Muñoz de 1934 (Alme­ría, España: la espera) también está incompleta, ya que dos huecos gri­ses rompen la simetría de la pintu­ra. En la estación Rodolfo Walsh (ex Entre Ríos) de la Línea E, debajo de techos impregnados de moho y hu­medad, yace el mural Fundación de pueblos en La Pampa, una obra de Antonio Ortiz Echagüe, de 1939. Similar es la situación de los azule­jos ubicados en andenes y escale­ras. Las filtraciones se llevan con su agua la historia de las paredes.

No sólo la erosión de las napas hace estragos. La falta de informa­ción y de planificación en el mante­nimiento también ponen en riesgo las obras de arte que se exhiben en el subte. Tal fue el caso de un mural ubicado en la estación Medrano de la Línea B en homenaje a Alberto Vaccarezza, drama­turgo, letrista de tan­go y poeta, amigo y colaborador de Car­los Gardel. Durante la confección del in­forme, la Defensoría General pudo registrar cómo pasó de estar en pésimo estado a estar directamente ocultado por un car­tel negro, que sólo deja entrever el título del mural: Homenaje a Alber­to Vaccarezza 1886-1959.

El primero de diciembre se cumplirán cien años del primer via­je en subterráneo de Latinoamé­rica. Un coche La Brugeoise (ver aparte) realizó el trayecto entre Plaza de Mayo y Once de Septiem­bre (hoy Plaza Miserere). El subte comenzaba una época de esplen­dor, no sólo como forma de trans­porte masivo, sino también como reservorio de obras de arte. Hoy, entreverado en diversos conflictos, espera por una puesta en valor que todavía no ha llegado.

Paredes con arte e historia

Los murales del subte forman una colección variada en cuanto a momentos históricos y estéticas. En la década del 30 los temas elegidos fueron la “madre patria” (España), la tradición nacional de lo gauchesco, y episodios de la historia argentina y la formación de la Nación. Así, la Línea C está decorada con paisajes de España, y en 1969 se sumaron ocho piezas más sobre la gesta sanmartiniana, del artista plástico Rodolfo Medina. La temática se repite en las líneas D y E, que poseen dos murales en cada estación. Los temas abarcan desde el casamiento de los guaraníes en Misiones hasta la batalla de Caseros o la llamada Conquista del Desierto y fueron realizados por Otto Durá, Alfredo Guido y Léonie Matthis de Villar.

Las obras más recientes se hicieron con otra perspectiva artística, y la historieta tomó un lugar protagónico. La Línea B nunca tuvo decoración, hasta que en 1991 se inauguraron en la estación Uruguay murales de Francisco Solano López y de Alberto Breccia sobre El Eternauta y otro de Cristóbal Reynoso, el humorista más conocido como Crist. En 1998 se sumó un Inodoro Pereyra, de Roberto Fontanarrosa, y otro de Mariano Imposti Indart sobre Patoruzú. De la misma época data el mural de Mafalda, que está en el pasillo de combinación entre las estaciones Bolívar y Catedral, en Plaza de Mayo. En 2000 se estrenaron tres obras del dibujante Hermenegildo Sábat de temática tanguera, y Horacio Altuna sumó el suyo, Gente de Buenos Aires, en 2002. Para el Bicentenario se le encargaron tres murales al dibujante Carlos Nine en la estación Congreso.

Una estación con murales destacados es Carlos Gardel, de la Línea B. Dos son de Andrés Compagnucci, de los cuales uno homenajea a Gardel y otro al Mercado del Abasto. En el primer piso de la estación, junto a las boleterías, hay dos obras del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró, también sobre Gardel y un filete realizado por León Untroib en 2000. José Hernández, en la Línea D, está decorada con reproducciones de cuadros de Raúl Soldi.

Casi toda la red está salpicada de murales y obras de diferentes temas y estilos. El conjunto presenta un panorama ecléctico y valioso al mismo tiempo, que debería ser conservado y puesto en valor.

Por Franco Spinetta para Diario Z

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