Cuando el homenaje dificulta la orientación

La imposición del nombre "Darío Santillán y Maximiliano Kosteki" a la estación Avellaneda del Roca compromete la orientación de los pasajeros, ya que borró toda referencia al nombre de la ciudad donde está emplazada. La corrección política y el homenaje marcan la agenda en detrimento de la utilidad del ferrocarril.

A fines del siglo XIX, la zona de Avellaneda era conocida como Barracas al Sud. Desde su inauguración en 1866 la estación ferroviaria jugó un papel clave en desarrollo del pueblo. Tanto, que cuando en 1904 la fue renombrada en honor al ex presidente Avellaneda significó el cambio de nombre de la localidad entera. Ya con el nombre de Avellaneda la ciudad protagonizó desde principios del siglo pasado un acelerado desarrollo industrial y demográfico, dándole el perfil que la caracteriza.

Por más de cien años la estación ferroviaria se llamó Avellaneda. En 2002, en sus inmediaciones, la Policía Bonaerense asesinó a dos militantes sociales, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Desde entonces organizaciones sociales y partidos de izquierda vandalizaron sistemáticamente la señalética de la estación reclamando un reconocimiento y homenaje del Estado. El Congreso Nacional en pleno no encontró mejor decisión que que renombrar la estación, referencia geográfica ineludible que da nombre a una ciudad entera.

En diciembre de 2013 se sancionó por unanimidad renombrar la estación Avellaneda a “Maximiliano Kosteki y Darío Santillán”. Pero la implementación del nuevo nombre ha estado plagada de inconvenientes:

  • Los pasajeros que deseen viajar a Avellaneda, tanto habituales como ocasionales, perdieron cualquier referencia geográfica. Avellaneda no es una estación reciente ni marginal, y no solamente da nombre a toda una localidad, sino que es además una estación de combinación entre los dos ramales principales de la Línea Roca. Vende unos dos millones de boletos mensuales según datos de la CNRT, aunque tiene una importancia aún mayor para el sistema. El universo de pasajeros afectados es casi tan grande como el de una terminal, con el agravante de ser una estación pasante.
  • Ni siquiera se adoptó “Darío Santillán y Maximiliano Kosteki” como subtítulo de la estación, sino que reemplazó enteramente la denominación geográfica anterior.
  • El nombre adoptado es tan extenso que dificulta su inclusión en boletos, carteles de horarios, nomencladores y otra señalética. Hay boletos que rezan “Darío y Maxi”, nombre que ni siquiera es el que corresponde a la estación.
  • Lo anterior ha llevado a una situación de confusión donde en algunos casos se sigue usando la denominación Avellaneda, en otros se aclara “ex Avellaneda” (sumado al ya de por sí extenso nombre oficial), y en otros se usan distintas variantes del homenaje a los dos militantes sociales.

El Subte presenta algunos despropósitos similares también obligados por la corrección política —y la falta de contacto con esa mayoría silenciosa que usa la estación—, como el reciente agregado de “30 de Diciembre” a una estación que ya se llama Once [de Septiembre]. Lo notorio de Avellaneda es que no sirve a un barrio o una zona, sino a una ciudad entera.

Surge a primera vista que la última preocupación de los legisladores fueron los habitantes de Avellaneda y los usuarios del Ferrocarril Roca, que no fueron consultados.

En cambio, abundaron los apoyos de organizaciones políticas y sociales: Pañuelos en Rebeldía, Corriente Popular Juana Azurduy, Frente Popular Darío Santillán, El Gleyzer, Movimiento Cultural y Social, Agrupación Kiki Lezcano, La Brecha, Marea Popular y Frente Popular Darío Santillán-Corriente Nacional, La Dignidad, Movimiento Nacional Campesino Indígena, Emancipación Sur, MTD Aníbal Verón, CTA Capital, La Masa al Sur, Movimiento Emancipador, La Revancha, Movimiento de Trabajadores Excluidos y por la Unidad Latinoamericana y el Cambio Social, entre otras.

El ruido de una minoría intensa y el espiral de silencio que impone la corrección política llevaron, en fin, a una situación negativa desde todo punto de vista.

Pero, al margen de lo que diga la ley, Ferrocarriles Argentinos tiene margen para usar la denominación real de la estación. Sin ir más lejos, el Apeadero Juan Carlos Groenewold fue renombrado en los hechos Rosario Sur, nombre cuya utilidad geográfica es elocuente. El ferrocarril deberá, en fin, decidir si vale más el ruido de unos pocos que el interés de los pasajeros.

Y eso no significa negarle el reconocimiento a Kosteki y Santillán. Pueden tenerlo en una calle, en una plaza, en un monumento o todo ello junto. Granjearles la antipatía de cientos de miles de pasajeros que quieren viajar a Avellaneda, en cambio, parece flaco homenaje.

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