Nuevamente el servicio subterráneo se vio seriamente afectado por tormentas en la Ciudad.

Las demoras y suspensiones del servicio ante una tormenta en la Ciudad ya pasaron a ser un clásico de los subterráneos de Buenos Aires.

Sin ir más lejos, hace 13 días el último temporal de similar magnitud provocó anegamientos en distintos puntos de la red.

Más atrás, el 1º de marzo, se interrumpieron todas las líneas menos la E. La semana anterior también había ocurrido algo similar.

Ya sea por el aumento de la intensidad de las tormentas, por la falta de inversiones necesarias para paliar las consecuencias ante fuertes lluvias, o la conjunción de ambos factores, los efectos de las tormentas son alarmantes y cada vez son más frecuentes las situaciones de riesgo extremo que se dan bajo tierra.

Ante estas situaciones, Metrovías elige suspender el servicio. Dado que el mantenimiento es paupérrimo, ante la urgencia de una situación así la medida es adecuada.

Eso si: con los túneles inmersos en cataratas e inundaciones, las estaciones anegadas, y el suministro eléctrico afectado, la suspensión del servicio debería, al menos, ser prolija y ordenada; las advertencias a boleterías, guardas, conductores y demás empleados responsables del servicio, e incluso a los usuarios, debieran ser inmediatas y uniformes.

Por desgracia –y previsiblemente-, no ocurrió así.

Lo que reinó en el operativo implementado fue la desorganización:

Ante los primeros desperfectos denunciados por los conductores en la red, el PCO (Puesto Central de Operaciones) tomó nota de los mismos y lanzó las primeras advertencias de demoras.

Minutos más tarde, debido al gran caudal de agua que corría por algunos túneles, el PCO decidió, en principio, suspender el servicio de las líneas B y D, y más tarde interrumpir toda la red.

Mientras tanto, los pasajeros del resto de las líneas se vieron obligados a cerrar ventanas en los coches y a moverse a otros sitios en las estaciones, atacados por filtraciones de agua, y en algunos casos, hasta de barro.

El PCO continuó recibiendo información sobre los problemas, pero la velocidad de su reacción siguió siendo desacorde a las circunstancias.

Mientras el servicio se anunciaba normal en paneles, televisores e Internet, las demoras ascendían hasta a 20 minutos. Luego de que los altoparlantes declararan la suspensión total del servicio y los boleteros, obligados por las inundaciones, decidieran cerrar las puertas y desalojar las estaciones, los trenes empezaron a arribar con frecuencias inéditas listos para levantar pasajeros.

En este pequeño resumen de la situación seguramente hemos obviado tantísimos detalles que harían de nuestra crónica un reflejo mucho más fiel de lo que sucedió. Pero lo descrito anteriormente nos permite formular la siguiente pregunta:

¿Cuánto más inoperancia y desorganización deberán sufrir los usuarios del subte?

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