Tras la polémica por las frases apócrifas atribuidas a Borges en la estación San Martín, la presidenta de la obra social del personal de SBASE, Mónica Muiño Crespo, repasa las breves pero significativas relaciones de Borges con el Subte.

Hace unos días se abrió una cierta polémica en los medios y en las redes sociales por un error en una gigantografía que homenajeaba a nuestro mayor escritor del siglo XX (el otro pudo ser Roberto Arlt, así como en el siglo XIX lo fue Sarmiento). Ha sido suficientemente aclarado por SBASE que la frase equivocada en cuestión no fue responsabilidad de la empresa. A fin de avalar esa opinión, la redacción de OSPDESBA intenta con este artículo demostrar que somos muchos los trabajadores de subterráneos que conocemos la obra completa de nuestro más admirado escritor.

Los subtes aparecen en su obra de manera implícita (lo contrario de Cortázar que los amaba o del cine que ama los trenes), sin alusión, casi sin nombrarlos, están ocultos detrás de sus otras obsesiones (el laberinto, por citar alguno) salvo en sólo dos de sus cuentos, El Zahir y El Aleph que refieren a dos símbolos de religiones diferentes y en tensión, el islam y el judaísmo. Recordemos su agnosticismo y su respuesta a Sábato cuando le preguntó: “Pero dígame, Borges, si no cree en Dios ¿por qué escribe tantas historias teológicas? Y él: Es que creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género”. No debe olvidarse su humor excesivo.

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Las falsas citas de Borges, objeto de polémica.

En esos dos cuentos menciona al subterráneo, con vaguedad, sin importancia, como al pasar, de manera secundaria. En el primero, escribe: “…fui en subterráneo, a Constitución y de Constitución a San Juan y Boedo. Bajé impensadamente, en Urquiza…”. En el segundo, quizás su cuento más valioso, en el que intentó la imposible empresa de la literatura de narrar lo que ocurre en un instante pues la escritura es irremediablemente sucesiva: “….en la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras…”. Nada más. Eso es todo. Borges narrador y protagonista, es apenas un usuario del subterráneo, un pasajero.

Pero Borges escribe acerca del subterráneo en una nota periodística no ficcional (también escribió notas de propaganda de un lácteo o de cine): la inauguración de la línea C en la revista Obra de la CHADOPyF que fue un acontecimiento memorable para la época pues significó la unión del Sur y el Centro de la ciudad. No le llamó la atención la velocidad de construcción de la línea en tan sólo tres años, ni los desafíos de la ingeniería para sortear el cruce de dos túneles y pasar entremedio. A Borges eso no le podía interesar y sólo destaca que por primera vez, el pueblo, “la gente”, sería quien financiara la obra pública, los pequeños ahorristas, obreros y empleados, las clases populares, mediante la compra de “los debentures”, títulos emitidos por la compañía que devengaban intereses. Escribe: “el nuevo subterráneo es la obra de sus propios beneficiarios, del público para quien fue construido”.

La experiencia económica no tuvo el final esperado, Borges tampoco fue un economista avezado pero podemos suponer que su apoyo a la idea se debió, quizás, a su juventud ácrata. La Compañía española no pudo enfrentar sus obligaciones ya que no midió correctamente el recupero de la inversión en el tiempo (los terrenos linderos a la traza no se valorizaron rápidamente como se suponía) y el Estado debió salir al rescate de los ahorristas. Hoy se sabe que sólo el Estado puede realizar obras de infraestructura. Sin embargo las líneas del subte se terminaron y están ahí.

Borges finaliza su nota con una expresión optimista (¿o de humor excesivo otra vez?), “en breve, Buenos Aires contará con la red de subterráneos que reclaman las necesidades más inmediatas de su tránsito”. De aquellos tiempos se debieron esperar 63 años para la inauguración de una nueva línea

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