“Armando”, el comercio más antiguo de la línea D

Ininterrumpidamente desde 1938 en el andén central de Tribunales está "Armando", un comercio que elabora placas de bronce para profesionales. Es el comercio más antiguo de la línea D y uno de los más viejos de todo el Subte.

La línea D de subte se inauguró en 1937, durante el gobierno del general Agustín P. Justo, en plena “Década Infame”. La traza contaba sólo con 1,7 kilómetro, de Catedral a Tribunales. Para ese entonces, cuando nadie imaginaba que el túnel se extendería y llegaría décadas más tarde hasta Belgrano, la estación Tribunales ya contaba con unos pequeños puestos comerciales; 76 años más tarde, uno de ellos se mantiene firme. Se trata del local “Armando”, que hace los grabados en chapas de bronce a los abogados, escribanos, médicos y demás profesionales de la zona más transitada del Centro porteño.

“Carteles, letreros, placas homenajes. Todo el rubro. Hemos tenido como clientes a De la Rúa, a Alfonsín, a miembros de la Corte Suprema”, cuenta orgulloso Gerardo Cartalá, hoy dueño del local, mientras chapea con un cliente que se acerca, curioso por la nota: “Es que soy toda una institución acá, viste. El negocio más viejo de toda la línea y uno de los más antiguos de todo el subterráneo”.

¿Cómo empezó la historia? “En el 38 lo fundó un hombre llamado Armando Marcicovetere, que era el patrón de mi papá, Enrique Cartalá. Mi viejo empezó a laburar a los 9 años, como cadete, y ya a los 21 era el dueño. Después seguimos todo con mi hermano Oscar, que laburaba en el taller, pero acá se termina la generación. Mis hijos están estudiando y se venderá el fondo de comercio, no lo sé”, intenta imaginar Gerardo, que tiene 53 años, de los cuales 35 los pasó bajo tierra.

En la parada Tribunales, en medio de esa maraña conformada por trajeados con maletín y mujeres con vestidos ajustados y tacos altos más propios de la noche que de oficinas, está el local “Armando”. Se lo ve desde todos los costados porque tiene dos entradas. Entre vagón y vagón están los que se quedan pegados al vidrio viendo los cientos de letreros de bronce, acero o aluminio. Luce brilloso el del “Ministerio Público de la Nación” y una chapa de la “Estancia El Recuerdo”.

“Están los que vienen y me piden placas con inscripciones extrañas. Algunas simpáticas y otras muy raras. Una vez un hombre vino a hacer su placa de difunto. El quería hacer su propio epitafio. Puso su nombre y apellido, pero no las fechas”, relata Gerardo con seriedad, sin reír. Un tarjetero amigo suyo, con el codo en el mostrador, no aguanta la carcajada. “Increíble“, se dicen. Entre los dos recuerdan cómo evolucionó el trabajo. “Al principio se hacía todo a mano, la chapa se pintaba con un material como la brea, la letra se dibujaba sobre la chapa negra con una pluma; donde marcabas se salía la brea y así te quedaba la letra. Esto iba luego al ácido. Después se comenzó con el pantógrafo. Más tarde llegó el láser. Ahora hasta se utiliza la computadora”, explica el oficio que, a su criterio, está destinado a morir. Al menos no por ahora. “Armando” sigue firme desde 1938.

por Cristian Defeo para La Razón

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