Cada línea del Subte tiene sus características. Y entre ellas, un olor distintivo. Un repaso por lo más notorio del repertorio.

No es novedad que cada línea de la red de subterráneos tiene su particularidad: la mayoría fue construida por empresas distintas, en períodos históricos distintos. Y las que no, las tres de la CHADOPyF, supieron distinguirse desde siempre gracias al inusual empeño estético de la empresa constructora, que dotó a cada una del alicatado y murales que con el tiempo se convertirían en un ícono de la Buenos Aires subterránea. Pero hay otro aspecto poco indagado que caracteriza a cada línea, los olores –y hedores– que la rodean.

La veterana línea A huele precisamente “a línea A”, quizás el olor más distintivo de todos, ese que cualquier porteño tiene incorporado desde la infancia. Que no es otra cosa que el aroma profundo a madera quemada que la acompaña desde su inauguración, producto del traqueteo de los coches Le Brugeoise y sus incontables frenadas a lo largo de más de 90 años de servicio. Madera que dejará de ser madera con la cada vez más pronta jubilación de los coches belgas, privando así a la línea de la Anglo de parte de su personalidad.

La línea C combina con las otras cuatro líneas históricas uniendo las dos más importantes cabeceras ferroviarias, las estaciones Retiro y Plaza Constitución. No casualmente la transitan todos los días decenas de miles de personas que van y vuelven de sus trabajos. Huele al trajín de todos los días, al movimiento incesante de gente, al remanente etéreo del trabajo arduo. Es una línea de trabajo, como trabajaron sus coches Siemens O&K durante 70 años.

La línea D, por contrario, recorre los barrios más acomodados de la Ciudad. Esos que, cuando no se inundan, la convierten en la más elegante, snob y cosmopolita. Suyo es el perfume penetrante de tapado de señora mayor, ese capaz de perforar hasta los tímpanos. La estación Bulnes hasta aparenta llamarse Alto Palermo, contribuyendo al ambiente de centro comercial. Pero también es una línea de contrastes: 9 de Julio es el punto de máximo hacinamiento, cuando la línea bien se encuentra con sus vecinas B y C.

El olor de la E es a vacío, silencio. La línea nunca dejó de ser la que menor cantidad de pasajeros transporta –a excepción, claro, de la H–, casi una oveja negra al lado de las otras cuatro líneas tradicionales. Subterráneos de Buenos Aires intentó incentivar su uso extendiéndola primero e incorporando el Premetro luego, con éxito moderado. Metrovías directamente la abandonó en un pasado congelado y deteriorado. Huele a la mecánica de los coches General Eléctrica que atraviesan sus túneles casi siempre con asientos vacíos.

La H es demasiado nueva como para conocerla a fondo. Por lo pronto, tiene perfume a nuevo. A la masividad de su construcción de concreto, de sus estaciones palaciegas. Humberto Primo parece antes un Teatro Colón del siglo XXI que una estación del Subte, tómese esto como un elogio. Tanta modernidad está matizada por la anacrónica silueta de los O&K de la línea C, ahora transitando nuevos caminos. El reguero de grasa que pierden al andar deja su mella.

Queda por mencionar la línea B. Se preguntará el lector por qué dejar para el final a la línea que más pasajeros transporta, la que es casi sinónimo de una de las principales avenidas de Buenos Aires –porque la B acompaña a la Avenida Corrientes en todo su recorrido–. Y es que la línea, lamentablemente, hace rato que huele a aguas servidas. A toilette. Eso agravado por el atentado de la empresa concesionaria contra su patrimonio artístico y arquitectónico. La estación Carlos Pellegrini, capital de la línea y una de las más importantes de la red, es quizás el caso más grave.

¿Qué te pasa, línea B, con tu tránsito lento? El asunto, que no es materia de broma, deberá ser objeto de un informe puntual.

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